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Martín, un conductor de autobús, ha decidido suicidarse. A sus treinta y tantos años se siente fracasado en todos los aspectos de su vida. Cuando está a punto de tirarse por el puente un individuo llamado Salva lo intenta retener.
La primera reacción de Martín es mandarlo a paseo. Piensa que es un buen samaritano que quiere hacer el bien al prójimo o algo así.
Pero las intenciones de Salva son otras: le quiere proponer un negocio. Si está decidido a suicidarse, por qué no "retrasar" su muerte un par de semanas... Él le proporcionaría el contacto con unos prestamistas que le darán un millón de dólares. Martín podrá darse "la gran vida" durante ese tiempo disfrutando de los placeres de la vida y "despidiéndose" adecuadamente de su existencia.
Transcurrido el plazo, los prestamistas apretarán el gatillo por él. Naturalmente, Salva recibirá un 15% de la operación. Martín, después de pensárselo, accede... En el fondo, no tiene nada que perder.
Los prestamistas, efectivamente, le conceden la cantidad de dinero solicitada, y Martín comienza una vida de lujo y desenfreno. Contrata a Salva como contable, profesión a la que se había dedicado antes de que le fueran mal las cosas, y establece una relación de amistad con él.
Hoteles de lujo, comilonas, trajes y coches caros, chicas guapas y fiestas se convierten en el día a día de Martín. Pero una noche, en una fiesta, conoce a Lola, una chica muy especial. Es una camarera rebelde e independiente de la que se enamorará.
Martín, desoyendo los consejos de Salva, va tras Lola y la seduce, pero el tiempo transcurre y los prestamistas tienen que cobrarse la deuda...
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